A veces la gente se va,
como hojas al viento,
sin una palabra,
sin un adiós.
Quedan preguntas suspendidas,
ecos en el vacío,
y un silencio que duele
más que cualquier respuesta.
A veces la gente se va,
como hojas al viento,
sin una palabra,
sin un adiós.
Quedan preguntas suspendidas,
ecos en el vacío,
y un silencio que duele
más que cualquier respuesta.
Fui tu refugio en la tormenta,
la sombra que te abrazó en la
oscuridad.
Mis manos sostuvieron tu mundo,
cuando se derrumbaba sin piedad.
Recogí cada pedazo roto,
sin pedir nada,
sin esperar que entendieras
el peso que cargaba.
Te di mis noches,
mis días llenos de desvelo,
cada suspiro que llevaba tu
nombre,
cada latido que se aceleraba por
ti.
Pero ahora que la marea ha
cambiado,
cuando las sombras me asfixian,
cuando mi mundo se desmorona,
me dejas solo en el abismo.
Cuando la noche muerde y el silencio se adueña,
te vi partir, y la tierra se volvió tumba.
Entre sombras, nuestro amor se disuelve,
y el llanto de la muerte se mezcla con la luna.
Cavé en el suelo la pena y el adiós,
tu imagen se hunde en el frío de la noche.
Eras el sueño perdido en el lodo,
y mi corazón se quiebra, la luna nos reprocha.
Eras mi deseo y mi tormento,
El cementerio guarda nuestro último beso,
y en la eternidad, el amor queda preso.
La soledad es nuestra prisión sin rejas,
y en la oscuridad, tu nombre se ahoga.
“No merezco nada, soy un fracaso.”
Te mereces una disculpa.
Aprende a perdonarte…
Puede que hayas fallado,
puede que hayas cometido un
error,
pero está bien, no eres perfecto,
nunca lo has sido,
nunca lo serás.
Pero lo único que puedes hacer
es aprender de los errores…
Perdónate.
Otro día más, la tristeza me ahoga,
mi alma busca en el aire una
rendija.
Escribo cartas que se disuelven
en sombra,
busco en tu ausencia un refugio
que no brilla.
Mi habitación es un ecosistema de
llanto,
donde el eco de la soledad se
arrastra.
En el rincón, la canción de hielo
suena lento,
y el dolor se convierte en un
ritual sin paz.
Tus palabras, un adiós que se
desgarra,
me envuelven en la niebla de la
desesperanza.
Quiero desaparecer antes que el
tiempo arrastre
mi existencia a la marea de la
nada.
La soledad es un abrazo frío,
y en la despedida, encuentro mi
desdén.
En la sombra, el odio clava sus garras,
entre tus besos que se hunden en
vacío.
Mis versos se disuelven, no
logran calmar
el fuego interno que consume mi
rocío.
He perdido el rumbo, el tiempo se
vuelve niebla,
no sé quién soy, sólo busco un
resto de mí.
Meto la mano en el fuego, pero la
cera
se derrite en lágrimas, el dolor
es así.
Las estrellas caen, el alba me
escupe,
mi destino es un resquicio en la
noche sin fin.
Te busco en cada rincón, pero el
alma se escurre,
la esperanza se ahoga en un
abismo gris.
Este amor oscuro se agita en mi
pecho,
y en la penumbra, muero sin
derecho.
Otro día se derrumba, la ansiedad devora,
respiro en la niebla de un dolor
inmenso.
El vacío se adueña, el alma se
deshace,
en la noche, busco un resquicio
de esperanza.
En cada rincón, el dolor se
coagula,
y la oscuridad se convierte en mi
sombra.
Cierro los ojos, pero la tristeza
es abismo,
mi ser se disuelve en un mar sin
retorno.
El amanecer es un cruel engaño,
y en el vacío, el dolor se convierte
en eterno.
Mi existencia es un grito ahogado
en la noche,
y en la esperanza, sólo queda
desespero.
Perdóname por no saber amar
como en tus sueños imaginabas,
por no ser el chico ideal
que en tus noches dibujabas.
Perdóname por no ser suficiente,
por no llenar ese vacío en tu
pecho,
por no tener la belleza evidente
que en otros rostros ves hecho.
Perdóname por ser yo,
con mis fallos y mis cicatrices,
por ser solo un reflejo roto
de lo que en silencio pediste.
No es la fiebre lo que arde,
es la nada que me envuelve,
la sombra que soy,
sin cuerpo,
sin voz,
sin nombre.
El dolor no es la herida,
es el silencio,
ese vacío donde mis palabras
mueren sin peso,
sin memoria.
No me duele estar enfermo,
me duele no existir,
ser el grito que no escuchan,
el susurro que se pierde,
la lágrima que nadie ve,
en un mundo donde no dejo huella,
donde no soy.
Siento su falta más que nunca,
necesito su cercanía más que
nunca.
El mundo sin ella se desmorona,
mi mundo sin ella se desmorona.
En la noche callada, donde las estrellas se apagan,
tu risa se ahoga en un susurro de
soledad.
El odio se ancla entre los besos
que nunca di,
y mis versos, inútiles, se
pierden en la nada.
Eres la niña de ojos ausentes,
donde me hundo, donde me consumo.
En tus pupilas, el reflejo de un
amor digital,
que no siento, que no alcanza a
tocarme.
En tu piel, la caricia es un reflejo
de fuego,
quemándome lentamente,
recordándome quién soy.
Quiero fundirme contigo, pero me
pierdo en el intento,
desaparezco en la bruma de un día
que no llega.
Mi refugio es un desván lleno de
fantasmas,
donde el dolor se vuelve música
que nadie escucha.
En ti, la vida se convierte en
una canción desesperada,
una melodía que se desvanece, que
se rompe en silencio.
En el jardín de mi ausencia,
florecen nostalgias,
cada pétalo susurra,
el eco de un amor perdido.
En la noche de mis sueños,
tu nombre es un murmullo,
y en cada flor que nace,
renace mi esperanza.
Demasiado bueno para ser verdad,
así empiezan los errores de mi
vida.
Pero, ¿era error o destino?
La memoria se pinta de luz,
ese brillo que aún guardo,
ese susurro que se quedó en mi
piel.
Tu nombre, como un secreto,
bajo la luna que no miente.
No, no fue un error,
fue la belleza que se atrevió a
ser
en medio de la sombra,
fue la vida que se atrevió a
brillar
donde el tiempo se detiene.
Y aunque el dolor se filtra en
los recuerdos,
hay un rincón en mi pecho
donde habita el silencio,
donde el amor no es un error,
sino una promesa
que no se atrevió a quedarse.
Ella sube al cielo,
con una pregunta en sus labios,
“¿Me amas?”, susurra,
mientras asciende entre nubes.
Las estrellas la escuchan,
brillando con respuestas mudas,
el viento acaricia su rostro,
como un susurro de amor eterno.
A quien tienes que explicarle quién eres,
quizás no merece saberlo.
Quien te entiende sin palabras,
es quien realmente te valora.
En el silencio de una mirada,
en la complicidad de un gesto,
se encuentra la verdadera
conexión,
sin necesidad de explicación.
Porque quien te entiende,
no necesita palabras,
sabe leer tu alma,
y comprender tus batallas.
Así que no te preocupes,
por aquellos que no ven,
la esencia de tu ser,
y lo que llevas en la piel.
En lo raro habita lo bello,
en lo distante, lo eterno.
Todo lo excelente es un suspiro,
un destello fugaz,
tan difícil como el eco
de un sueño que apenas
rozamos y ya se desvanece.
Las emociones son naturales,
queremos sentirlas, no aferrarnos
a ellas.
Siente lo que debas sentir,
pero luego déjalo ir con amor.
Está bien estar herido,
está bien estar triste,
algunos días serán más duros que
otros,
pero estas cosas no te definen.
Tú no eres tristeza,
eres una chica increíble,
que aprende de lo vivido.
Entiendo que te sientas así,
y estaré aquí para cuidarte.
Aunque tu mente grite "no",
hay un secreto en ti,
una llama escondida,
una certeza.
Claro que puedes con todo,
aunque el abismo te mire,
eres increíble,
y eso, nunca lo olvides.
En la noche más oscura,
caemos sin alas,
abismos nos llaman,
la luna distante nos observa,
testigo mudo de nuestras caídas.
En el fondo, donde el silencio
grita,
donde las sombras se abrazan,
nace una fuerza dormida,
una chispa, un rescoldo,
que nos levanta, temblorosos.
Apunta a la luna, lejana,
fría, solitaria en su vigilia,
y si fallas, las estrellas,
te acogerán en su brillo,
en la vasta inmensidad del cielo.
Cada caída es un renacer,
cada error, una lección oculta,
la imperfección es nuestra
esencia,
y en su hueco, hallamos
redención.
Quiero de corazón desatar la sombra,
deshacer el error que envenenó el
jardín,
curar las heridas que dejé
abiertas.
Teníamos algo precioso,
un fuego que merecía cuidado,
pero en mis manos torpes y ciegas
dejé que el silencio lo
destruyera,
sin darnos la voz, sin darnos la
respuesta,
sin luchar como debimos.
No quiero que esta historia se
desangre,
no quiero que se pierda en la
ruina.
Creo en lo que fuimos,
en lo que podríamos ser,
y sé que lo verdadero aún nos
habita,
que aún hay luz en la grieta.
Cada paso hacia ti es un intento,
de reconstruir el amor
desvanecido,
de mostrarte que el latido,
aunque herido, aún canta
en mi corazón quebrado.
En la soledad, el odio se transforma en tormenta,
los demonios de mi pecho me
desgarran sin tregua.
Las lágrimas son mi único
consuelo,
y la luna se convierte en una
presencia hostil.
En el abismo, grito a un cielo
indiferente,
mi corazón se pierde en la
oscuridad.
Corre, niño, antes de que la
noche te engulla,
en la desesperanza, busca un
destello de verdad.
El dolor es una constante herida,
y la soledad es un abrazo que
sofoca.
En el salto, busco una luz que no
llega,
y en el abismo, sólo encuentro mi
condena.
Soy yo el defectuoso,
el que busca fuera
lo que falta dentro.
No hay espejo que me muestre,
no hay respuesta en otros
rostros.
Me falta algo que no encuentro,
un vacío que no se llena,
y mientras tanto,
mi sombra sigue persiguiéndome,
en un ciclo sin fin,
donde siempre soy yo
el que se pierde en su propio
reflejo.
Si alguien te ama,
no te arranca la piel
dejándote a la intemperie,
sin más abrigo
que la duda,
sin más consuelo
que la sombra de su adiós.
Prefiero el odio,
la rabia que se agarra al pecho,
que envuelve mis sueños rotos
en llamas.
Me consume menos
que imaginar un mañana
donde su ausencia
es el único eco.
Pero no puedo odiarla.
La quiero.
Y aunque mi corazón
se desangre en esta espera,
aún sueño con un día
donde su nombre no sea
una herida,
sino el verso perdido
que siempre busqué,
una promesa que nunca
debería haberse roto.
Tengo un gran corazón,
y lo odio.
Lo odio porque se desborda,
porque piensa demasiado
y se ahoga en disculpas,
en perdones que nadie pide,
en preocupaciones que caen
en oídos sordos.
Perdono con la facilidad
de quien teme estar solo,
de quien se aferra a un hilo
que se rompe en el aire,
y aún así, sigue sosteniendo
con manos temblorosas.
Siento culpa por lo que no puedo
tocar,
por lo que no puedo cambiar,
como si mi alma fuera responsable
de cada sombra,
de cada lágrima que no es mía.
Y en ese laberinto,
me pierdo,
me pierdo de mí mismo.
Me siento solo,
atrapado en el miedo,
el miedo de no encontrar jamás
a alguien que ame
con la misma intensidad
con la que mi corazón
se deshace en el intento,
buscando en la oscuridad
un reflejo,
una luz que me devuelva.
La suavidad de tus palabras
que me envolvieron en un amor tan
puro.
El mundo se hacía pequeño
en la intimidad de tus abrazos,
donde el tiempo se detenía
en la profundidad de tu mirada.
Si pudieras escuchar mi corazón,
sabrías que aún late por ti,
que en cada latido
vive la esperanza de un nuevo
comienzo,
donde nuestras sombras se
disuelvan,
y solo quede la luz de lo que
podemos ser.
Sufro, pero no un sufrimiento horrible,
es una tristeza leve,
una herida que acaricia
con bondad y ternura,
oculta bajo la piel.
Es el susurro de un adiós,
que no grita,
que solo duele en silencio,
como una despedida
que se desvanece sin más.
Cierra los ojos,
deja que la mente viaje al
futuro,
donde las cosas aún no han
pasado.
Ese vuelo trae lágrimas al
presente,
una reacción sutil, casi
invisible.
Cuidado con esos momentos de
introspección,
donde te pierdes en escenarios
que aún no han llegado.
La mente puede viajar en el
tiempo,
sin que lo notes,
dejando cicatrices en el ahora,
marcas de lo que podría ser,
de lo que podría no ser.