En la noche callada, donde las estrellas se apagan,
tu risa se ahoga en un susurro de
soledad.
El odio se ancla entre los besos
que nunca di,
y mis versos, inútiles, se
pierden en la nada.
Eres la niña de ojos ausentes,
donde me hundo, donde me consumo.
En tus pupilas, el reflejo de un
amor digital,
que no siento, que no alcanza a
tocarme.
En tu piel, la caricia es un reflejo
de fuego,
quemándome lentamente,
recordándome quién soy.
Quiero fundirme contigo, pero me
pierdo en el intento,
desaparezco en la bruma de un día
que no llega.
Mi refugio es un desván lleno de
fantasmas,
donde el dolor se vuelve música
que nadie escucha.
En ti, la vida se convierte en
una canción desesperada,
una melodía que se desvanece, que
se rompe en silencio.
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