En la soledad, el odio se transforma en tormenta,
los demonios de mi pecho me
desgarran sin tregua.
Las lágrimas son mi único
consuelo,
y la luna se convierte en una
presencia hostil.
En el abismo, grito a un cielo
indiferente,
mi corazón se pierde en la
oscuridad.
Corre, niño, antes de que la
noche te engulla,
en la desesperanza, busca un
destello de verdad.
El dolor es una constante herida,
y la soledad es un abrazo que
sofoca.
En el salto, busco una luz que no
llega,
y en el abismo, sólo encuentro mi
condena.
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