Tengo un gran corazón,
y lo odio.
Lo odio porque se desborda,
porque piensa demasiado
y se ahoga en disculpas,
en perdones que nadie pide,
en preocupaciones que caen
en oídos sordos.
Perdono con la facilidad
de quien teme estar solo,
de quien se aferra a un hilo
que se rompe en el aire,
y aún así, sigue sosteniendo
con manos temblorosas.
Siento culpa por lo que no puedo
tocar,
por lo que no puedo cambiar,
como si mi alma fuera responsable
de cada sombra,
de cada lágrima que no es mía.
Y en ese laberinto,
me pierdo,
me pierdo de mí mismo.
Me siento solo,
atrapado en el miedo,
el miedo de no encontrar jamás
a alguien que ame
con la misma intensidad
con la que mi corazón
se deshace en el intento,
buscando en la oscuridad
un reflejo,
una luz que me devuelva.
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